Los equipos no se rompen por falta de talento, sino por falta de cuidado

Hace algunos años, una empresa cliente perdió, en menos de dos meses, a cinco personas clave. No por despidos, no por falta de resultados, sino por renuncias voluntarias.
Todos perfiles brillantes. Altos cargos. Trayectorias prometedoras. Buenos sueldos.
Todo en orden, al menos en la superficie.

Pero al revisar las entrevistas de salida, algo quedó claro: ninguno de ellos se fue por falta de oportunidades o por mejores ofertas afuera. Se fueron porque no se sentían cuidados. No se sentían escuchados. No se sentían vistos.


Sus respuestas tenían matices distintos, pero la raíz era la misma: “Aquí todo es urgente. Todo es exigencia. Pero nadie se detiene a preguntar cómo estamos de verdad.”

Ahí lo vi claro.
El problema no era la falta de talento.
Era la falta de cuidado.
Y, lo más peligroso, la normalización de esa ausencia como parte del precio a pagar por crecer.

Talento sin contención es talento en fuga

Durante años nos han hecho creer que hay que elegir entre cuidar a las personas o lograr resultados. Como si fueran rutas incompatibles, como si liderar desde la humanidad implicara sacrificar la efectividad o la excelencia.
Pero es una falsa dicotomía. Un engaño funcional que muchos sostienen porque no conocen otra forma de operar.

He trabajado con organizaciones obsesionadas con métricas, con eficiencia, con el cumplimiento milimétrico de cada KPI. Y he visto cómo, detrás de los dashboards impecables, se esconden ambientes tensos, líderes al límite, equipos rotos por dentro aunque operativos por fuera.
Los números se cumplen, sí. Pero a costa de relaciones desgastadas, confianza rota y una energía emocional que se drena en silencio.

No es falta de compromiso.
Es falta de espacio emocional. Es falta de contención.
Es falta de sentido. 

El liderazgo consciente no es suave. Es valiente.

Cuidar no es consentir. No es evitar los conflictos ni disfrazar la exigencia con frases bonitas.

Cuidar es estar.
Es mirar con atención. Es presencia. Emocional.
Es reconocer que los equipos no solo necesitan claridad y estructura, sino también una base emocional que los sostenga.
Es asumir que el cuidado no es opcional ni “blando”: es el cimiento de cualquier desempeño que quiera ser sostenible en el tiempo.

Y sí, cuidar implica incomodarse. Implica hablar de lo que duele, de lo que no funciona, de lo que está debajo de la línea del agua. Implica dejar de operar desde la frialdad funcional y empezar a liderar desde la humanidad adulta.

Porque cuidar no es una técnica. Es una postura.
Es sostener el timón con firmeza, con una mano de rigor y una mano de amor, como criamos a nuestros hijos.
Es marcar límites y abrazar al mismo tiempo.
Es exigir con presencia. Corregir con respeto. Escuchar aunque no convenga.
Y tener claro que nadie da lo mejor de sí cuando siente que lo miran solo por lo que produce, no por lo que es.

La empresa como un invernadero

Una organización, en el fondo, se parece más a un invernadero que a una fábrica.
No basta con sembrar bien ni con usar los productos de más alta calidad.
Si el clima interno está desequilibrado, si la temperatura emocional está fuera de control, si no hay oxígeno en las relaciones, las semillas no germinan, o germinan débiles. Mueren antes de florecer. Y esque ningún resultado se sostiene donde la raíz no se siente segura.

Los líderes que cuidan lo saben. Y no por debilidad, sino por experiencia.
Porque ya entendieron que el talento florece donde se respira confianza, no donde se mide todo y se escucha nada.

Una historia que incomoda, pero enseña

Hace poco, en una sesión de coaching, un líder me compartió algo que aún le pesaba.
Había perdido a su mejor colaborador, alguien con años de experiencia y alto impacto.
Durante la entrevista de salida, este colaborador fue claro: “No me voy por la carga de trabajo. Me voy porque no sentí que te importara cómo estaba yo. Siempre fuiste correcto, pero distante. Me esforcé mucho, pero nunca sentí conexión. El trato era el mismo para todos, pero no todos nos esforzamos ni entregamos igual. ”

El líder no lloró. No dramatizó. Solo bajó la mirada y dijo:
—Me dio vergüenza. No me había dado cuenta… o no quise verlo.
Y ahí se hizo el silencio.

No era un jefe tirano. No era insensible.
Solo estaba operando en piloto automático, dentro de un sistema que le enseñó que liderar era mantener la distancia, no mostrarse, no involucrarse emocionalmente.
Un sistema que lo formó para rendir, pero nunca para cuidar.

Y lo más fuerte fue que, aunque suene duro, esa vergüenza lo transformó.
Porque a veces no cambiamos por inspiración. Cambiamos cuando algo nos confronta.

¿Cuidar o rendir? Esa no es la pregunta

La pregunta nunca fue si se puede cuidar y exigir al mismo tiempo.
La pregunta es: ¿qué tipo de desempeño queremos construir?
¿Uno que se logre a costa del alma de las personas?
¿O uno que crezca con raíces firmes, sin dejar heridas por el camino?

Porque sí, se puede llegar a la meta empujando.
Pero no se llega lejos.
Ni se llega con un equipo que quiera seguir.

Como dijo Simon Sinek: “Los grandes líderes no son los que sacan lo mejor de la gente. Son los que hacen que la gente quiera dar lo mejor de sí.”
Y eso solo ocurre cuando hay cuidado.
Y ese cuidado no se dice. Se demuestra. Se encarna. Se respira. Y se gana el compromiso. 

Y tú, ¿cómo lideras?

¿Desde la prisa y la exigencia aislada?
¿O desde una presencia que sabe contener sin dejar de avanzar?

¿Cuántas personas se han ido de tu equipo no porque les faltara reto, sino porque les faltó sentir que importaban?

¿Qué aprendiste tú sobre el cuidado como líder?

¿Y qué tanto te lo estás permitiendo ahora?

 

Melanie Azurdia Schaart

Creo en un nuevo paradigma de liderazgo: uno donde la humanidad, la coherencia y la conciencia
ya no son opcionales, sino la base de cualquier transformación real.
He acompañado a empresas, líderes y equipos en procesos de cambio profundo.
No desde la teoría, sino desde la experiencia encarnada.
Sé que lo cultural no se impone; se habita.
Sé que los grandes resultados no nacen de estructuras rígidas, sino de personas enraizadas y seguras emocionalmente.
Trabajo para crear espacios donde se pueda hablar con verdad.
Donde el silencio sea tan valioso como la estrategia.
Donde las personas se reencuentran con lo que realmente importa.
No acompaño para resolver. Acompaño para revelar.
No diseño procesos para cumplir. Diseño experiencias que transforman.
No me interesa el protagonismo. Me interesa el impacto real.
Mi trabajo es unir lo visible con lo invisible.
Lo humano con lo sistémico.
Lo tangible con lo esencial.

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