Decir que tu cultura es humana, no la convierte en tal
“Nos importan las personas”, dicen. Está en la página web, en los correos de bienvenida, en los murales que decoran las oficinas. También aparece en los discursos de fin de año y en los manuales de inducción. Pero al entrar en una reunión importante, nadie escucha realmente. Al hablar de resultados, nadie pregunta por la salud emocional del equipo. Y cuando hay que recortar personal, la decisión se toma en dos horas, sin mirar a los ojos a nadie.
Ese es el dilema. Muchas organizaciones dicen lo correcto… pero operan desde lo contrario.
Vivimos una era en la que los valores institucionales son parte de la estrategia de marketing, pero no del sistema operativo real. El valor de la “integridad” se contradice cuando se premia al que alcanza sus metas sin importar cómo. El “cuidado por las personas” queda anulado cuando la cultura interna glorifica la sobrecarga. Y el “trabajo en equipo” se reduce a silos que compiten entre sí por visibilidad y presupuesto.
La incoherencia entre discurso y práctica no es un detalle. Es una grieta que, con el tiempo, se convierte en fractura cultural. Y esa fractura genera uno de los síntomas más silenciosos pero devastadores de una organización: la desconfianza.
EL COSTO DE LA INCOHERENCIA
La falta de coherencia no es solo un tema moral o ético. Es una bomba silenciosa que sabotea la cultura desde dentro.
Los equipos dejan de creer. Los líderes pierden autoridad moral. El cinismo se instala. Las personas empiezan a jugar a “cumplir”, pero no a comprometerse. La innovación se seca. El clima se enfría. La cultura se convierte en un teatro donde todos actúan… y nadie siente.
Fred Kofman lo expresó claramente: “Una organización coherente es aquella donde lo que se dice, lo que se hace y lo que se valora están alineados.” Sin esa alineación, lo que queda es una fachada. Y las fachadas no generan transformación. Generan desgaste.
LA CULTURA SE SOSTIENE EN LO QUE SE PERMITE
Hay una frase que repetimos en Matríztica: la cultura no es lo que la empresa dice que es, sino lo que la empresa permite todos los días.
Lo que se tolera, lo que se premia, lo que se ignora, lo que se silencia, lo que se maquilla. Eso es cultura real.
Una empresa puede tener valores bellamente redactados… pero si no se sanciona la violencia pasiva, si se ignora el agotamiento emocional, si se promueve al que grita más fuerte, el mensaje es claro: el discurso no vale. Solo vale el resultado, cueste lo que cueste.
Y lo paradójico es que esa incoherencia no solo daña a las personas. También daña los resultados. Porque nadie da lo mejor de sí en un entorno en el que no confía.
CUANDO LA COHERENCIA SE VUELVE VENTAJA COMPETITIVA
No se trata de ser perfectos. Nadie lo es. Se trata de ser honestos. Y valientes.
La coherencia cultural no surge de repetir frases bonitas, sino de tener el coraje de mirarse al espejo organizacional. De preguntar:
- ¿Estamos viviendo lo que predicamos?
- ¿Qué hay detrás de nuestra rotación de talento?
- ¿Qué conversación incómoda estamos evitando?
- ¿Qué dice nuestra cultura cuando nadie está mirando?
Las empresas que se atreven a tener estas conversaciones abren la puerta a una transformación profunda. No solo cambian el clima. Cambian el sistema. Y ese cambio genera confianza. Y la confianza, como muestran los estudios del HeartMath Institute y de Paul Zak, es el principal predictor de desempeño sostenible en el tiempo.
¿CÓMO ACOMPAÑAMOS DESDE MATRÍZTICA?
En Matríztica no creemos en “lavados de cultura”. Nuestro acompañamiento parte de una verdad simple pero poderosa: la transformación cultural solo es real cuando hay coherencia entre lo que se dice, lo que se hace y lo que se permite.
Por eso:
- Realizamos diagnósticos culturales profundos, donde se mapea no solo la narrativa oficial, sino las tensiones invisibles, las contradicciones sistémicas y las emociones no nombradas.
- Facilitamos espacios de diálogo crudo y honesto entre líderes, donde el propósito se reconecta con la práctica.
- Diseñamos intervenciones que alinean valores, comportamientos y estructuras.
- Acompañamos el rediseño de rituales, decisiones y formas de liderazgo que hacen viva la cultura deseada.
No llegamos con frases bonitas. Llegamos con preguntas incómodas. Con procesos que remueven. Con acompañamiento emocional para sostener lo que se va a mover.
Porque sabemos que la coherencia no se decreta. Se construye. Y que cuando se logra… transforma todo.
Quizá la verdadera revolución organizacional no sea agregar más KPIs ni más tecnologías.
Quizá sea tener el coraje de vivir lo que decimos.
Porque al final, una organización coherente no solo es más confiable.
Es más humana. Y por eso, también más exitosa.
Melanie Azurdia Schaart
Creo en un nuevo paradigma de liderazgo: uno donde la humanidad, la coherencia y la conciencia
ya no son opcionales, sino la base de cualquier transformación real.
He acompañado a empresas, líderes y equipos en procesos de cambio profundo.
No desde la teoría, sino desde la experiencia encarnada.
Sé que lo cultural no se impone; se habita.
Sé que los grandes resultados no nacen de estructuras rígidas, sino de personas enraizadas y seguras emocionalmente.
Trabajo para crear espacios donde se pueda hablar con verdad.
Donde el silencio sea tan valioso como la estrategia.
Donde las personas se reencuentran con lo que realmente importa.
No acompaño para resolver. Acompaño para revelar.
No diseño procesos para cumplir. Diseño experiencias que transforman.
No me interesa el protagonismo. Me interesa el impacto real.
Mi trabajo es unir lo visible con lo invisible.
Lo humano con lo sistémico.
Lo tangible con lo esencial.